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Lavar los trastes salvó mi vida, y mis finanzas

Nunca he sido una persona de hábitos y rutinas. Mi mente es desordenada por naturaleza, y me cuesta concentrarme en una idea por más de un par de minutos sin que lleguen otras 5 cosas y me distraigan de lo que estaba pensando en un inicio.

Con los hábitos es igual. A veces me llega la inspiración y las ganas de ser un adulto responsable y empiezo un nuevo hábito: salir a caminar a las 6 am, leer uno de los 15 libros que tengo pendientes, pero siempre es igual. Bastan 3 o 4 días de estricto compromiso para que salga algo más importante y me haga abandonar la caminata, el libro, y un sin fin de otros intentos de proyectos que parecían ser promesas de una mejor vida.

Mi único hábito constante y fiel ha sido no poder tener ningún hábito.

Otro de estos proyectos de mejora frustrados era comer en casa. Llevaba 10 años de vida profesional desayunando, comiendo y cenando fuera de casa a diario. No es casualidad que en los restaurantes que acostumbro generalmente recibo trato VIP. Me conocen los dueños, los meseros, todos. Y no es por simpático. Es porque sus finanzas se han visto siempre beneficiadas con mi incapacidad de prepararme mis propios alimentos.

Hasta ese domingo. Mi novia, harta de ver como una parte muy considerable de nuestros ingresos se convertía en comida y un par de horas después acababa en el excusado, dijo HASTA AQUÍ. Me llevó arrastrando al supermercado y decidimos que ese mismo día haríamos de comer para toda la semana.

Después de una hora en el súper y 4 horas en la cocina, terminamos con dos cosas: un refrigerador lleno de toppers y una cocina rebosando con trastes sucios. Prácticamente todos los instrumentos y recipientes de cocina que poseemos fueron utilizados en la preparación, y ahora había que lavarlos. Me quedé pasmado y horrorizado, pero en ese momento entendí todo. La experiencia de cocinar no me molestaba. De hecho, la disfrutaba bastante. El problema en realidad era que odiaba lavar trastes, y eso traía consigo una reacción en cadena que resultaba desastrosa:

No me gusta lavar trastes, entonces no cocino. Entonces como fuera. Entonces me gasto una gran parte de mi sueldo en comida cara y poco saludable. Al gastarme mi sueldo, no ahorro y no puedo comprar cosas importantes, no me puedo comprar una casa, entonces me gasto otra parte de mi sueldo en una renta. Entonces me queda poco dinero. Además, como la comida de la calle no es saludable, yo no estoy saludable. Y engordo. Y ahora soy pobre. Y nadie me querrá. Y moriré triste y solo.

Y todo, por no querer lavar trastes.

Por fin podía verlo. Con todo mi pesar, doblé las mangas de mi camisa, respiré un poco y metí mis manos en esa montaña de residuos de comida y grasa pegada. Una hora después, todo estaba impecable. En esa cocina nunca había pasado nada. Podía invitar a Martha Stewart a juzgar mi limpieza. Incluso me dieron ganas de ponerme a cocinar otra vez, y lo hubiera hecho con gusto.

Entendí todo. A partir de ese día, cocino casi a diario. La regla: NUNCA NUNCA dejar que los trastes se acumulen y que la cocina quede sucia. Si eso sucede, se acabó el juego.

Después de 5 meses de no gastar en restaurantes, hoy tengo ya un muy buen ahorro, pues me di cuenta de que comer fuera no solo implica el gasto de los alimentos, sino también de la gasolina, el postre, el cafecito, la propina.

Además, preparar mis propios alimentos me ha hecho sentir mucho mejor. El mal del puerco que sucedía a diario quedó en el pasado y ahora tengo un buen nivel de energía durante todo el día. Además, he bajado mucho de peso.

Muchas veces pensamos que para conseguir cambios en nuestra vida necesitamos hacer grandes ajustes en nosotros mismos, y esto es lo que hace que nuestros propósitos se queden casi siempre solo como buenos deseos.

Ser observadores es vital. Entender por qué hacemos, o no, las cosas. El más mínimo cambio o esfuerzo aplicado en el lugar correcto puede desencadenar una serie de eventos positivos, o destrabar algo en nosotros mismos que estaba atorado y no habíamos visto.

Nunca hubiera imaginado que mi futuro financiero, mi estilo de vida y mi salud dependían de algo tan pequeño e insignificante como aprender a cocinar y ponerme a lavar los trastes.

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