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Quería una casa, me compré un deportivo.

Como cualquier niño, desde chico acompañaba a mi padre al trabajo, era gerente y yo lo veía como un gran empresario. Como mi primer ídolo, yo quería ser como él cuando fuera grande. Al preguntarle cual era su mayor logro comentó que era la casa, pues ahí podía convivir con toda su familia. Me gustaba la idea, pero no podía imaginar cuánto trabajo se requería para construir semejante cosa. Así que desde que empecé a ganar dinero…bueno, que mis papás me daban dinero…empecé a ahorrar para construir mi propia casa.

Hahaha, era increíble el esfuerzo que hacía para mi corta edad. Recuerdo que no quise comprar un carro a control remoto (que sólo los niños más chiflados tenían), con la firme convicción de que mi esfuerzo de ahorro culminaría con gran satisfacción en una casa como la de mis padres.

Crecía y ahorraba, pero seguía creciendo y mientras me acercaba a la pubertad…mi papá ya no era mi ídolo. Sin darme cuenta, tenía ya 15 años, trabajaba en un corporativo para una empresa transnacional y mis ídolos ahora eran estrellas de rock. Al darme cuenta que mis necesidades y mis ideales habían cambiado, noté que mi cuenta bancaria parecía la de un adulto, pero apenas era un adolescente. Decidí entonces, utilizar esos ahorros para lograr otro sueño, uno propio, que poco tenía que ver con mis padres…ya no me interesaba una casa estática, sino algo dinámico que me llevara a todas partes: me compré un carro deportivo.

Tenía 15 años, apenas sabía manejar, pero ya tenía un coche deportivo. Aunque mi ídolo más grande ya no era mi padre, él estaba orgulloso de mi y de mi logro. Cuando fuimos a comprarlo, disfrutamos del paseo y me dijo que en su casa siempre habría un lugar especial para mi y mi coche. Aprendí que, aunque a veces cambian los sueños y las ideas, se siente una gran satisfacción cuando uno trabaja mucho por un objetivo y lo logra.

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