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El dulce Harakiri de las tarjetas de credito

Aún recuerdo esa angustia, esa lenta, dolorosa, y aparentemente inevitable angustia de deberle a las tarjetas de crédito, de tenerlas hasta el tope, de recibir llamadas de los bancos, tanto para cobrarte como para ofrecerte nuevos créditos.

Recuerdo pensar “¡jamás saldré de esto!”, “¡cómo llegué hasta aquí!”, “¿Y si huyo del país?”, pero déjenme regresar al inicio, cuando todo empezó…

Tenía 18 años y como mucha gente en este país, me vi obligado a dejar la universidad por problemas financieros en casa. Me tuve que poner a trabajar, y ¡vaya que no sabía a lo que iba, pues prácticamente no sabía hacer nada! Jamás había trabajado antes y no sabía lo que era tener que ganarse el pan (literalmente) de cada día. De manera que me puse a trabajar de todo: mesero, call center, albañil, Santa Claus (en las navidades), cantar en antros, etc.

Todo esto hasta que, por medio de un contacto, conseguí a mis 19 años un trabajo de office boy en un banco, que no era más que un pin#@! “saca-copias”. Este trabajo, aunque pagaba muy poco, me proveía de una seguridad que no sólo me hacía ganar un poco más dinero que antes, sino que me garantizaba un trabajo al siguiente día. Esto me permitió cumplir promesas que me había hecho como TERMINAR MI CARRERA.

Al cumplir un año en el banco, me llegó un correo corporativo felicitándome y anunciando que ya era elegible para contar con una tarjeta de crédito con límite de ¡¡¡CINCO MIL PESOS!!! No lo podía creer, ¿yo? ¡¿Cinco mil pesos?! ¡¡Me sentía el rey de Roma!! Tomando en cuenta que ganaba como siete mil pesos libres mensuales, eso era una PANACEA. Todavía recuerdo ese plástico en mis manos y la sensación de que el mundo era mío, cuando de repente me hice la pregunta del millón ¿cómo le voy a hacer para pagarla? En los primeros 4 meses nunca cargué más de mil pesos, siempre haciendo mis pagos puntuales, con esa sensación de que cada vez que hacía mis pagos había esquivado una bala. Todo iba bien hasta que en UN SOLO MES decidí que merecía comprarme ropa nueva. Cabe mencionar, que tenía más de dos años de no comprar ni una truza. En dicho mes me dije a mí mismo “voy a cargar unos $2,500 pesos, y lo voy a pagar en los siguientes dos meses”. ERROR.

Justo cuando estaba por pagar los $1,250 pesos del mes, como que me coquetearon dos palabras que fueron más irresistibles que el canto de una sirena: “PAGO MÍNIMO”. Fue aquí donde realmente puse a rodar la bola de nieve inicial porque pensé: “Ok, si hago pagos mínimos los siguientes tres meses, no me descapitalizo y llegando el aguinaldo lo pago todo!”

No tenía ni 6 meses con mi tarjeta de crédito cuando recibí una llamada de otro banco diciéndome que me habían recomendado y que me daban una tarjeta de crédito por doce mil pesos. Claro que para este punto, yo ya me creía todo un veterano manejando tarjetas de crédito con el uso de algo maravilloso llamado COMPRAS A MESES SIN INTERESES. Me acuerdo que pensé “a ver, si compro este traje de tres mil quinientos y lo paso a doce meses, estaría pagando menos de trescientos pesos mensuales… ¡no es nada!” Y vaya que empecé a darme mis gustos que yo sentía que me merecía después de tanto batallar… para cuando acordé, ya tenía cuatro tarjetas de crédito.

Para cuando tenía 25 años ya me había graduado, y ganaba alrededor de doce mil pesos, mismos que tenían el uso exclusivo de balancear los pagos mínimos de las ahora cinco tarjetas de crédito, junto con tres líneas de crédito que por ser “buen cliente” me habían otorgado los bancos.

Llegué al punto en que no me alcanzaba ni para los pagos mínimos y recurría a sacar efectivo de las tarjetas para hacer los pagos a las mismas, en pocas palabras “haciendo pozos para tapar otros”.

Alrededor de esas fechas conocí a la mujer que se convertiría en mi esposa y desde el principio supe que era la mujer para mí, de manera que me la jugué y dupliqué mis gastos para tratar de impresionarla, ya que estaba fuera de mi liga (aún lo está). Recuerdo salir a gastar el fin de semana y pagar cuentas de restaurante o ropa divididas en tres tarjetas y pensar “¡DEJA DE HACER ESTO, ERES UN IDIOTA!” pero seguí, hasta que un día ella dijo:

“¿Oye no crees que estamos gastando mucho?”

Me enamoré aún más en ese momento y sentí que podía bajar el ritmo. Realmente ella fue la razón por la cual tomé la decisión de hacer lo que fuera necesario para salir del profundo hoyo en el que me metí para poder lograr lo que más quería… casarme.

Estaba en un punto en el que ni siquiera sabía cuánto debía, de manera que me armé de valor y fui físicamente a los bancos a pedir estados de cuenta, mismos que no me atreví a ver hasta que no los tuve todos juntos. Llegué a mi casa y saqué mi calculadora… debía más de lo que podía ganar en un año.

Determinado a solucionarlo, armé un plan de pagos, re-estructuré y cancelé tarjetas de crédito, quedándome con sólo una, y durante un año y medio me dediqué a destinar prácticamente todo lo que ganaba a pagar mis deudas. En el proceso de esto, tuve la fortuna de conseguir un mejor trabajo que me ayudó a acelerar el proceso.

De manera que pasé de ir a restaurantes fresas y comprar ropa de moda, a usar cupones para todo. La diversión del fin de semana constaba en sacar a mi novia por una nieve, e ir al cine usando cupones de la gasolinera o contestar trivias en internet para ganar pases, ir a caminar a un parque, etc. Por cierto ahí fue cuando supe que estaba con la mujer indicada.

Nunca olvidaré ese último pago que hice, esa sensación de libertad, como si me hubiera quitado el peso del mundo de encima, era libre. Desde ese momento en adelante, he seguido una filosofía muy simple: SI NO TIENES PARA PAGAR ALGO, ¡NO LO COMPRES! Suena tan lógico pero he visto como dicha lógica se ha roto en muchos casos.

El día de hoy, muchos años después de esa experiencia, sigo aplicando esta filosofía y creo que esa decisión de salir de mis deudas no hizo sólo eso, sino que me permitió empezar a preocuparme por crecer y salir adelante, no sólo a sobrevivir, y gracias a Dios me ha ido muy bien.

Tal vez mi historia no es única en este mundo, pues los bancos y los créditos siguen creciendo día con día, pero espero que sirva para otras personas, pues es importante entender (como lo dice el título de la historia) que el daño se lo hace uno mismo, y sólo depende de uno salir adelante.

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